Mar 312013
 

Después de dos años y medio en India y unos cuantos viajes, este grandioso país nos sigue sonriendo. Bueno el país no sonríe, quién nos hace felices son las gentes que nos vamos encontrando en nuestros viajes. Ahora mismo escribo desde un paraíso en la costa Malabar del mar Arábigo, desde la tierra de Dios, como la llaman en India, Kerala. Este es nuestro tercer viaje a este estado tropical y puedo afirmar un día antes del volver a la infernal Nueva Delhi, que ha sido el mejor y el más completo de todos.

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Estamos en Mararikulam, un pequeño pueblo de pescadores con una preciosa playa de interminables puestas de sol. Está zona de Kerala no está tan explotada por el turismo como las otras que ya conocemos. Aún así hay varios resorts para alojarse a pocos metros de la playa y disfrutar del paraíso.

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Los nativos de Mararikulam son gente feliz y humilde, la mayoría pescadores. La gran experiencia es mezclarte con ellos y respirar con ellos esa felicidad basada en una vida sencilla, sana y familiar.

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Estamos aquí estos días de Semana Santa, tan especiales para los cristianos y Kerala es un estado de India con gran porcentaje de cristianos. A poca distancia de nuestro hotel se encuentra la iglesia de San Agustín, donde estuvimos el Viernes Santo, respirando la misma devoción que los nativos.

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Poco después, el pueblo, nos encontramos el Templo Hindú de Mararikulam, también repleto de gente celebrando y compartiendo con familiares y amigos ese mismo viernes especial para los cristianos. Y es que aparentemente aquí cada uno puede ser lo que quiera y como quiera.

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Es curioso cuando te encuentras un grupo de amigos que te preguntan si eres cristiano. Tú le devuelves la pregunta y resulta que dos son cristianos y uno hindú. Y son iguales, van vestidos igual, quieren de igual manera a sus amigos y familiares. No importa en lo que creas, lo importante es creer, ser feliz y hacer felices a los demás.

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Y eso es lo que te encuentras aquí nada mas salir de hotel. Gente humilde y sencilla, con una forma de vida muy diferente a la nuestra, pero gente encantadora que te hace sentir bien cada vez que les saludas con un precioso Namaste.

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Además de la playa está zona tiene otra bendición de la naturaleza. Aquí los llaman “Backwaters”. Son lagos y canales de agua dulce procedente de los “Western Ghats”, la cordillera de montañas que recorre la india de norte a sur por su vertiente occidental. Esta vez no hemos navegado por ellos ya que lo habíamos hecho en un viaje de los anteriores.

Y allí en los “Western Ghats” es donde empezó nuestro viaje, hace ya unos largos días. Munnar es una estación de montaña situada a unos 2000 metros, famosa por sus plantaciones de te. Los colonos ingleses fueron los que cambiaron el ecosistema de la zona al apreciar la calidad de sus colinas para las plantaciones de te.

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Hoy en día ya está prohibido por el gobierno sustituir el bosque original de la zona por más plantaciones de te. En la zona de Munnar hay más de 45 fabricas en la que se procesa el te para luego ser envasado y exportado a todo el mundo.

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Allí en aquellas viejas montañas del trópico nuestro objetivo era hacer un trekking y después del primer día y medio de confusión y encuentro con el lugar lo conseguimos. Cada vez más a menudo nuestra avidez viajera nos impide encontrar el encanto de los lugares que visitamos a primera vista. También es cierto que el éxtasis lo encontramos siempre cuando nos alejamos de los sitios más poblados y turísticos.

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En la oficina de turismo de Munnar nos recomendaron una agencia de aventura y allí conocimos al gran Mohan. Otra de las maravillas de viajar es los personajes únicos y auténticos con los que te encuentras, Mohan es uno de ellos y como Asustohs en Kausani o Shibu en Goa, te dejan huella para siempre.

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Después de un paseo de 3 horas por las colinas de campos de te que rodean Munnar, nos convenció para hacer un trekking de dos días en una zona a unos 40 kilómetros de distancia de Munnar. Nos dijo que si podía el mismo no guiaría y eso prometía ser grande.

Y así fue, al día siguiente nos subimos con Mohan en un autobús local que nos iba a dejar a tres horas de camino de la “Top Station”. Este lugar es una antigua estación de un cable teleférico, que en los tiempos de las colonias y la explosión de la industria del te, suministraba desde la llanura de Tamil-Nadu todo tipo de enseres a los trabajadores que habitaban la montaña por aquel entonces.

Nada más dejar la carretera nos encontramos con eso que vamos íbamos buscando, la paz y la quietud de parajes indescriptibles por muy buenas fotos que os pueda enseñar.

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Caminamos entre campos de te con plantas de más de 100 años de edad. Otros justo al lado de estos habían sido plantados solo hace 5 años. De vez en cuando Mohan se paraba y empezaba a contarnos detalles, sobre el te, su historia, los nativos y su filosofía de vida. Escuchar su sabiduría contemplando los parajes de la colinas donde se mezclan los bosques primarios con los campos de te, oler las flores, probar los frutos, escuchar los animales del bosque, ver volar aves de colores brillantes… Todo tiene sentido en un lugar así.

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Después de comer un curry en la “Top Station” empezamos a bajar hacia la “Bottom Station”, desde donde empezada el antiguo cable teleférico. Allí íbamos a dormir esa noche. La bajada transcurrió por senderos serpenteantes plagados de exóticas plantas tropicales, flores de todos los colores y animales que sabíamos que estaban allí pero que no se dejaban ver. Mohan nos iba contando las propiedades de cada planta y árbol que nos encontrábamos. De vez en cuando se paraba para observar algún animal que oíamos pero no veíamos.

A mitad de la bajada pasamos por la “Middle Station” un pueblo de nos más de 20 habitantes que viven de las plantaciones de cafe, el cual tuvimos la ocasión de probar en el “bar” del pueblo.

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Casi al anochecer y después de mojar los pies en una refrescante cascada llegamos a la “Bottom Station”. En momento de la llegada no lo olvidaremos nunca. Nos recibió una plantación de palmeras tropicales que nunca jamas habíamos visto. Era como estar en un paraje de otro planeta.

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Allí pasamos la tarde noche entre las sonrisas y saludos de los no mas de 200 habitantes del pueblo y algún que otro ladrido de los perros asustados por los extraños visitantes.

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Al día siguiente el reto era mucha mayor. Desde allí subimos una preciosa montaña durante más de cuatro horas muy duras, para llegar a las plantaciones de te más altas del mundo, Kolukkumalai, a 2750 metros de altitud. Cómo no, allí nos tomamos un te y emprendimos la vuelta a Munnar bajando por un camino rodeado de inmensos y espectaculares campos de te, acompañados por los truenos y la nubes de la tormenta tropical de medio día, la cual nos pillo comiendo, en un bonito templo hindú ya abajo en el valle.

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Y mañana volvemos a Delhi, más que contentos de estas vacaciones, en la cuales hemos descubierto lugares y gentes que nos invitan a pertenecer a ellos para siempre y vivir nuevas experiencias, pero eso no lo puedo escribir ahora porque es el futuro.

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