Viajar de una forma más auténtica.
  El blog de Daniel González Guarinos.

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Dic 302016
 

 

 

Uno de los días más intensos del último viaje a India fue el viernes 2 de diciembre. Todos los días hay un reto distinto en un viaje y el de ese viernes era volar desde Cochin a Delhi y recoger la moto en la estación de tren por la tarde. Esta había salido dos días antes desde la estación de Kottayam, cerca de Kumarakom, en Kerala.
El día empezó a las 4 de la mañana, en un taxi hacia al aeropuerto, muy mal dormido. El avión salió con media hora de retraso por la niebla en Delhi. Llegando, el comandante nos dijo que no podía aterrizar por la niebla y que debíamos esperar volando en círculos. La espera fue eterna y en varias ocasiones parecía que bajamos, hasta que sin ver casi nada, aterrizamos entre suspiros y caras de gran alivio. Los meses de diciembre y enero son complicados en el norte de India por la niebla. Los trenes también sufren grandes retrasos de más 10 horas. Al tren donde iba la moto, el Kerala Express, le venía haciendo el seguimiento y cuando salí hacia la estación, sobre las siete de la tarde, el retraso era de 5 horas.

Casi 5000 km recorridos por Burry en un vagón de tren

Afronté el reto con buen humor y valentía viajando en un auto, sintiendo el aire denso de la ciudad, pero todo desapareció de manera casi fulminante en cuanto entré en la estación. Subí en penumbra las escaleras hacia la pasarela puente de los andenes. Arriba me encogí ante la situación. Dos pasillos atestados de humanos, con más y menos prisa, caras de cansancio y desconsuelo, cruzándose bajo los focos y altavoces de la enorme estación de 16 andenes. Abarrotados de gente de diversa condición, la mayoría esperando, sentados y tumbados sobre alfombras o cartones, descansando e incluso durmiendo. Unos comiendo o bebiendo y otros saliendo con prisa y también los despistados, los que llegábamos en busca de un tren y un andén. La gente bajaba a empujones por las escaleras de los andenes, mientras otros subían como podían. Ante semejante panorama, decidí dar la vuelta y volver para esperar en otro sitio la llegada del tren. Volví a bajar por las escaleras con la linterna del móvil y el panorama era el mismo. El ajetreo alrededor me tenía atónito, confuso. En ese momento el buen humor y valentía estaban muy tocados. Me preguntaba si podría sacar la moto de allí esa noche o volvería sin la misión cumplida. Decidí ir a la zona del almacén de paquetes que ya conocía de ir a llevar la moto  y preguntar por mi tren. Para llegar pasé la pasarela infiltrado entre la intimidatoria muchedumbre que la cruzaba, la subía o bajaba. Lo hice alerta, a paso ligero, observando el desorden y el orden a mi alrededor. Al llegar al almacén, estaba todo en penumbra y vi unos pocos porteadores sentados sobre las carretillas y un par de personas detrás de las cristaleras. Un par de perros muy jóvenes jugaban entre los paquetes, mientras otros mas viejos descansaban sobre las cajas apiladas. En seguida uno de los porteadores se interesó y le dije que estaba esperando el Kerala Express para recoger una moto. Él y otro porteador me acompañaron, esta vez cruzando andenes por abajo, por el extremo de la estación, para después de subir y bajar la pasarela de nuevo. Ir con los porteadores era mejor, iba avanzando, ellos conocen los trenes, pasarelas y horarios. El mio se llama Moha.

Llegamos al 14 y el tren que había parado no era el Kerela Express. Después de preguntar en la garita de paquetes del anden, dijeron que el tren llegaba con más retraso. El andén era un sitio muy incomodo para esperar, por el continuo trasiego. Moha decidió volver a la zona del almacén y esperar allí a que llegase el tren. En ese momento dudé un segundo, pero solo ese segundo. Moha estaba en lo cierto, el almacén era casi nuestro y el andén era del resto de los indios. Pensé que era el momento de un chai y en plena noche, cruzando las vías, llegamos con un chai caliente al almacén, con las carretillas, los perros y las penumbras esperando. Allí vi en el móvil que el tren había acumulado un par de horas más de retraso.

Pero no fueron dos, fueron algunas más, el tren llegó medía hora después de la medía noche. En algún momento, el compañero de Moha, se cansó de esperar y con un saludo diciendo “Aquí os quedáis” desapareció entre las sombras. Allí estuvimos un montón de horas, sentados en casi todas la carretillas, incluso a ratos Moha tumbado sobre ellas. Yo pensando en esperar tranquilo, en que el tren llegaría y sacaría la moto tarde o temprano. Mirando el móvil y viendo que el tren no se movía, estando solo a 50 km de Delhi. Moha no habla inglés y mi hindi es solo bueno para saludar. A pesar de esto estuvimos hablando parte de la noche. Me preguntaba por países de los que sentía curiosidad, por si los conocía. También hablamos del sur de India. Terminé los cigarrillos cortos Gold Flake y solo nos quedaban los biris (Cigarros de casta baja) de Moha. La megafonía de la estación anunciaba la llegada de los trenes, continuamente, en Hindi y en Inglés y por fin, después de muchos trenes, el Kerala Express entraba por el andén 14.

De verde Moha, el porteador y las cajas de mango.

Al empezar a cruzar de nuevo las vías por el extremo de la estación, eché de menos al amigo de Moha. Eramos solo dos y por allí merodeaban en la oscuridad grupos más grandes. A paso ligero llegamos de nuevo a la pasarela para llegar al 14. Bajamos las escaleras y esta vez, el cartel del tren que acaba de entrar ponía “Kerala Express”. Seguimos caminando hasta llegar al último vagón, que era el de carga. Este vagón tiene dos compartimentos de carga en los extremos, cerrados por enormes puertas correderas de hierro. Llegamos cuando estaban intentando abrir una de ellas. No había forma, ni tres ni cuatro, ni uno o dos con la palanca. Parecía imposible abrir la puerta. Los capataces regañaban a los delgaduchos mozos. Un mando superior llegó y los gritos empezaron. No sé cómo, si al final con la palanca o quizá alguien entró por otro lado y ayudo desde dentro, la puerta se abrió haciendo un ruido infernal y dejando caer un par de cajas de mango a las vías. Allí no estaba la moto. Moha me preguntó si estaba seguro de que la moto había subido en ese tren, le dije que sí. Había otra puerta que abrir. Y se abrió después de lo mismo que la primera, tirones y palancas, y sí, debajo y entre muchas cajas de mango, estaba el trasero de Burry.

Mi tolerancia aquella noche era mucha pero me asuste al ver la moto. Con la presión de las cajas de mango sobre ella, pensé que se podía haber roto el cuadro o algo también delicado. Entonces hice un par de gestos de enfado, indignado, algo que pocas veces funciona en India. El ambiente era muy tenso. Todos estábamos muy cansados de esperar el tren. Los mozos lanzaban las cajas de mango desde el vagón al andén y allí otros se encargaban de hacer montones para contarlas. Un capataz, con un jersey a rayas azul muy limpio miraba con odio y gritaba corrigiendo a los porteadores que manejaban las cajas, con muy poco vigor y menos organización. Tuve que esperar a que vaciasen el vagón para que bajasen la moto. La maniobra fue fácil y por fin estaba en el andén, aparentemente entera, con manillar y rodando.

Moha me pidió el recibo para que la garita del andén diese salida de la moto en su sistema. Aquello era una locura. En el otro andén estaba apunto de salir un tren y estaban cargando las mercancías. Las carretillas llegaban empujadas con mucho peligro por los porteadores y en las puertas del vagón, iban metiendo los paquetes a presión y a gritos. Tenía que esperar, el ordenador estaba ocupado sacando los paquetes de ese tren. La espera fue corta en medio de la larga noche y por fin nos dieron el papel sellado. En eso momento cogí la moto del manillar, empujando por el andén, entre las miradas de la gente, hacia el almacén de salida y los perros. Moha me increpó diciendo que ese era su trabajo y le dije que luego le tocaría a él, que empujase por detrás.

Con Moha tirando de la moto llegamos al almacén. Allí había que conseguir el pase de salida. Había dos ventanillas, con dos personas casi toda la noche, pero cuando llegamos sólo una operativa. Tuve que esperar alguien que estaba delante mía. Yo estaba contrariado porque durante la noche nadie había pasado por esa ventanilla y ahora estaba haciendo cola. Moha desde lejos me hacia gestos para que me tranquilizase en nuestro particular idioma, diciéndome que estaba casi hecho. Llegado mi turno le di al señor de la ventanilla mi recibo. El tipo era horrible, con un ojo mal, arrugas profundas y una peluca de pelo liso negro grasiento. Yo respiraba profundo, sin hablar, paciente. Parece que termina el tramite y la impresora vetusta de carril no funciona. Lo intenta, pero el botón no responde. No se complica, arranca una hoja del rollo y se sienta de nuevo, sacando un boli del bolsillo de la camisa lleno de papele. Soplo, respiro, solo estoy yo, que funcione el boli. No se esmera, rellena dos números y me lo da sonriendo con cara de joker. Doy las gracias y salgo hacia donde está la moto con Moha. Solo nos queda atravesar el almacén principal, lleno de paquetes y carretas, para llegar a la mesa donde entregar el pase final, para salir de la estación. Unos 70 metros en los que se respiraba el momento de gloría que se avecinaba. Yo pensaba, lo llevo todo, móvil, mochila, gasolina y moto. Ahora compro tabaco cuando salga, a las dos de la mañana aquí está todo abierto. Al llegar a la altura de la mesa vi sentado frente a ella a un tipo delgaducho con jersey verde ceñido. Al lado, en perpendicular había dos sillas de estación, de esas que están juntas, y otro tipo sentado en una de ellas, este más grueso, con abrigo y sombrero. Al poner mi pase sobre la mesa, vi que había tres chais humeantes, tapados en vasos de plástico. En es instante el tipo del abrigo me dijo que uno era para mi. No dudé ni un micro segundo. Cogí el vaso calentito, dando las gracias. El señor del abrigo me indicó que me sentase junto a él. Allí fui con el chai entre mis manos y la misión casi cumplida, diciendo ¿qué mas dan las dos que las tres?. Al sentarme vi que era un hombre corpulento. Debajo del sombrero pude ver unas gafas negras con unos cristales verdes, que no eran nuevos. El hombre saco del bolsillo de dentro del abrigo un paquete de cigarrillos y rompí el silencio pidiendo uno. Mi deseo se hizo realidad, el amable señor me dio fuego y allí estuvimos disfrutando del momento. Al rato lo primero que me vino a la cabeza fue Moha. Levante la mirada y allí estaba con la moto y por detrás, pasaban carretillas cargadas con las cajas de mango, empujadas por los mozos del andén. El tipo de abrigo me miro fijamente y me dijo que era el dueño de las cajas de mango.

De aquella noche tengo en la memoria muchos momentos, la cara de Moha de agradecimiento cuando le di la propina, la ansiedad cuando eché el litro de gasolina en la moto y su dulce sonido al arrancar aquella noche mundana de New Delhi.

 

 

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