Viajar de una forma más auténtica.
  El blog de Daniel González Guarinos.

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Jun 082011
 


A una hora y pico de vuelo desde Delhi, en el noroeste, en el estado de Punjab a sólo 30 kilómetros de la frontera y 50 km de Lahore, la segunda ciudad más importante de Pakistán, se encuentran Amritsar y templo de Oro, en el centro de  la ciudad sagrada del Sijismo.




El Templo Dorado es una gurdwara (Templo) Sikh en la ciudad de Amritsar, construido en el siglo XVII y famoso por el asalto de la tropas de Indira Gandhi en 1984, cuando los Sikhs intentaron conseguir su independencia.



En lugares como este, te das cuenta de que son 1.200 millones de almas, los habitantes de este país. Hay mucha gente en todas partes. Los peregrinos llegan al Templo desde todos los confines de India, para cumplir con la tradición. Durante el día la temperatura rondaba los 40 grados y es impresionare ver como hacen la cola de espera, apretados como las sardinas en una lata, para entrar en el templo y cumplir con la tradición.



Acuden vestidos con su mejores galas y pasan el día en el gran reciento que rodea el Templo Dorado, comiendo gratis Dal; (Lentejas, arroz y chapati), bebiendo mucha agua y después, sobre los relucientes y refinados suelos de mármol, durmiendo una buena siesta a pierna suelta. El ambiente es acogedor y se respira paz y sosiego a pesar de la muchedumbre.






Los peregrinos se bañan en las aguas sagradas repletas de enormes truchas. Usan las cadenas para agarrarse porque no saben nadar. Todo transcurre balo la atenta mirada de los guerreros Sikhs, que portan un traje azulón, y cinturones amarillos. Son como los stewards del partido de fútbol, vigilan que todo esté en su sitio,





A unos 30 kilómetros de Amritsar está la frontera con Pakistán. Todas las tardes, al ponerse el sol, se hace una ceremonia que consiste en el cambio de guardia de soldados que cuidan del puesto fronterizo. A un lado y al otro acuden, indios y pakistaníes, a ver el teatrillo y a ver quien grita más fuerte. No vuelvo seguro.





El ritmo de la ciudad alrededor del recinto del templo es frenético a cualquier hora. Los comercios de souvenirs y baratijas abundan a ambos lados de la calle principal que llega al templo. Los destartalados carros de los vendedores de bebidas, helados y frutas invaden la calzada y el transito es un autentico pollo controlado por el sentido común.






Al día siguiente, mas descansados y relajados, decidimos entrar en en Templo. Hicimos media cola gracias a mis contactos entre la jet set sikh, y después de varios apretones muy humanos… es algo difícil de explicar, conseguimos el objetivo.



Esta foto es de mi vecino Gill que estuvo unos días antes que nosotros y él si que es un pedazo de fotógrafo. Gracias pendejo!!! 😉

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